domingo, 19 de diciembre de 2010

La lluvia nos cuida

Estamos solos bajo un mismo calor que me conduce a perseguir tu piel informe en la oscuridad que se pronuncia. Y la beso muy lentamente en la desértica prolongación de los segundos, antes de que el espacio se disuelva en una clara ensoñación, reduciendo el universo a la germinación silenciosa de dos cuerpos. A lo lejos está tu cabello; lo imagino raudo y desprendido, y mis dedos los recorren como si fueran de aire, y te mueves cada vez más agitadamente mientras mis dedos descienden explorando tu cuello que me lleva, allá en la lejanía, a lacerar mi mano con el delicado filo de tus senos, que descubro muchas veces, que se contraen enfurecidos como bestias asediadas escapando hacia mi boca que las bebe como si fueran pequeñas gotas de agua, una y otra vez. Entonces, como un marino presintiendo la arena, advierto ya muy cerca, más allá de las inasibles llanuras de tu abdomen, el aliento reciente y tibio de tu sexo. Ávidamente lo respiro, confuso lo devoro, y mi lengua se pierde en él, sin brida, sometiendo su ruta al movimiento puro de tus piernas; y tu movimiento tembloroso por fin se consuma y entro en ti; con una imaginación herida y deslumbrante me sumerjo en este concierto de tremebunda hechicería; porque si lanzas un grito, ya no pertenece a esta dimensión de sábanas, y es entonces que, como si caminara dormido por un húmedo erial, lentamente voy desprendiendo la malla que te mantenía unida, agresivamente, hasta que tu movimiento enloquecido me consume como una piedra que ha caído en el agua. Entonces tengo la necesidad de huir en ti, de disociarme en tus rítmicas contracciones que me asfixian dulcemente, castigándome en el más bello suplicio, porque ya siento tu cuerpo volar, ya vuelo contigo entre tus piernas mientras la lluvia ha comenzado a caer sobre todas las ciudades. Así vamos franqueando el umbral de lo posible, entre árboles y azoteas, entre maullidos de gatos flacos y soberbios tendederos, entre montañas y ríos, y las gotas siguen cayendo sobre el cristal, como si la realidad hubiera comprendido, brindando un extraño sollozo a nuestro encuentro; porque afuera no cesa de empolvarse el tiempo, y la inmovilidad de nuestros cuerpos indica que el ritual ha terminado. Entonces me observas, me explicas con la mirada que vamos perteneciendo a un sitio donde sólo puede reinar éste silencio que acordamos esta tarde, amor mío, porque aquí
sólo existe la ventana y una catástrofe de astros dormidos que agonizan sobre la cama.
Duermes, afuera la noche descubrió la prisa de las nubes por desdibujarse, afuera no hubo estrellas ni se asomó la luna, pero no despiertes porque sigue lloviendo, y la lluvia nos cuida.


Leopoldo Lezama

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